lunes, 11 de diciembre de 2017

Dichosa edad y pretéritos dichosos aquellos en que regresaba de las aulas inflamado de proyectos y haciendo cábalas sobre los folios que emborronaría esa tarde.
Mi destino literario -porque persiste en mí un ascua indeleble que solo puedo llamar destino- se ha instalado en una espiral de horas hipotecadas y de tiempos ajenos, en un paréntesis de inacción que equidista entre el erial y el barbecho, entre la renuncia definitiva y el deseo contenido.
Sueño aún, es cierto, con un amanecer de años sabáticos que saque de sus cajones los cuadernos marchitos, los argumentos olvidados, los versos que me vencen; me ilusiono aún con una primavera abundante que me contagie su verdor, su savia fértil, y me conceda ser quien soy.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Salgo a pasear las calles del centro y crece la probabilidad de que me tope con alguien a quien conozco o me conoce. Seguramente tuvimos alguna relación más o menos constante, más o menos esporádica, pero la frecuencia en el trato disminuyó hasta desaparecer, y ahora, pasado el tiempo, o a ese alguien no le apetece reconocerme o es a mí a quien no le apetece reconocerlo. Aumenta sobre todo el porcentaje de los antiguos alumnos; me los he encontrado tras la barra de un bar o sirviendo las mesas de un restaurante, tirando del carrito con un bebé en el pasillo de un supermercado o sentados entre el público en la sala de un cine, o esperando bajo un semáforo, o en una manifestación... Hace poco, el magro empleado de una empresa de limpieza urbana detuvo el camión que conducía, gritó mi nombre sin bajarse y saludó con gesto emotivo a su profesor de literatura del instituto. Ayer -con alegría, con gratitud- me tocó el brazo y me habló de sus progresos laborales una chica que asistió a mis clases hace tres o cuatro años y que era, bien me acuerdo, irregular y conflictiva. Ayer, solo unos minutos más tarde, se cruzó conmigo en un callejón ineludible una mujer adulta que desvió deliberadamente el rostro, una mujer de la que nada esperé ni espero, salvo, quizá, una pizquita de memoria y elegancia.    
Retales para hilvanar unas memorias:
33. LIBRETA DE CITAS.

sábado, 9 de diciembre de 2017

También están esos requiebros de la lengua, esas luminarias de la inteligencia, esos fuegos de artificio del pensamiento que suelen durar lo que dura un oh largo y unánime: los aforismos.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Hoy no hice casi nada de lo que había previsto hacer, lo que, por otro lado, era altamente previsible.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Cada día me siento más inclinado a la literatura testimonial. Me acerco a los dietarios antes que a las memorias, a las memorias antes que a las autobiografías, a las autobiografías antes que a las biografías. Cualquier novela (hablo sobre todo de los eventos editoriales) me provoca desde la portada una infinita pereza, y los volúmenes de versos, si es que ganan mi interés y los hojeo, rara vez me contagian algún atisbo de lo que en ellos busco. Solo me apetece leer lo que otros (antiguos y modernos, y no cualquier advenedizo) escribieron o escriben sobre sí mismos, sus observaciones y reflexiones cotidianas, sus verdades reales o fingidas, sea desde la espontaneidad del apunte fragmentario o desde la perspectiva serena de los años vencidos. Relaja indagar los códigos de la frustración, abonarse más pronto que tarde al aprendizaje del fracaso.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

¿Qué leyes inspiran el mecanismo sorprendente de la casualidad, sus voluntades y caprichos, sus burlas al destino? ¿Hay un resorte del pensamiento que provoca, sin saberlo, conexiones improbables, impenetrables? ¿Habrá una ciencia disparatada que sin embargo cifre y descifre las geometrías del azar?
El último fin de semana, mientras recorría el circuito de canales del televisor, di con una película que protagonizó Hugh Grant en 1999, y me quedé un rato. Tengo cierta facilidad para establecer parecidos razonables entre los rostros de los famosos y los rostros de quienes voy conociendo en mi día a día, así que me reproché en secreto no haberme dado cuenta mucho antes de que a principios de los noventa compartí piso de estudios con un chico que le daba más que un aire a este actor que yo descubrí en Lunas de hiel, de Polanski. Me pregunté qué habría sido de él, que derroteros habría seguido su vida. Recuerdo que en aquella época era lector de Terenci Moix, que trabajaba ocasionalmente en un bar de la costa y que, aunque no se le notara ni se prestase a la confidencia, poco a poco afloraron evidencias de su homosexualidad. Y sí, se dan un aire, sin duda.
Ayer entró a una librería recién abierta en el centro. Paseó por los anaqueles durante unos minutos y luego se marchó con su acompañante. Tenía la misma planta de entonces y vestía la misma especie de gabán beige con un corte por detrás, salvo que sus rasgos faciales estaban más marcados, los ojos más hundidos y la nariz más prominente. No le dije nada; no sé si él me reconoció ni cuánto de mí recordará. Su nombre, Rubén. Hacía todos estos años que no coincidíamos en ningún sitio.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Se ha metido el frío, por fin. Las calles de la tarde están menos frecuentadas.
En el expositor, un libro nuevo, voluminoso, recién sacado del horno de la imprenta. Son las cartas que Miguel Espinosa escribió durante casi tres décadas a Mercedes Rodríguez, su Azenaia literaria, su musa.
Hubiera entrado al cine, pero ya ha bajado del cartel el título que me atraía por sí mismo, por su enorme caudal de sugerencias: La librería de Isabel Coixet. No he leído críticas de la película, nadie me la ha recomendado ni desaconsejado, no sé nada del guion.
Vuelvo callejeando, con la brújula oscilante, pensando que a menudo he sentido inclinación por los argumentos y las tramas que se ambientan en una librería o en una biblioteca. Las bibliotecas y las librerías albergan un potencial erótico, para mí, muy superior al de una discoteca o al de cualquier otro refugio para el ocio.
La luna de este lunes, redonda, inmensa, se postula a baja altura, como si posara para esa fotografía eterna en la que siempre es protagonista.
He vuelto con los pómulos fríos.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Me pusieron delante una especie de pergamino que imitaba los antiguos, uno de esos con los bordes como roídos que se dispensan en papelerías, y me invitaron a escribir algo para una compañera que se nos jubila, una dedicatoria con autógrafo que debía hacerse un hueco entre las otras. Sin pensarlo, deprisa, con bolígrafo prestado, deposité un apunte del último verano, un casi verso que me nació emblemático: "Vivir es dejar atrás". Pero mientras me aplicaba a la firma se me impuso otra frase que añadí, apretadita, una especie de sentencia que no ha parado de rondarme desde entonces: "Solo los buenos recuerdos nos sobreviven". ¿Qué azar me dictaría esa idea, las palabras que la izan?
Retales para hilvanar unas memorias:
32. LA ESPERA.